Me propongo llevar a cabo un cuaderno infinito. Un texto con características
precisas que aspire a lo absoluto; lo inefable. El cuaderno estará compuesto por
fragmentos escritos únicamente durante momentos luminosos. Pienso en la
escritura como un artefacto cuasi divino, un ejercicio intelectual a la mano de los
hombres pero cuyo mecanismo, o ejercicio, consiste en realidad en una serie de
pequeños milagros, demasiado pequeños para reparar en ellos pero lo
suficientemente grandes para provocar fervor. El primer desafío que me espera es
también donde me juzgo más competente, consiste no sólo en distinguir los
momentos luminosos del resto, sino en la habilidad de generarlos. A menudo, estos
momentos ocurren durante las mañanas, el silencioso orden del día que comienza
provee, también, de un orden interior que mueve el ánimo a la escritura. Las
noches difícilmente proveen de momentos luminosos. Es necesaria una impecable
combinación de acciones a lo largo del día (como la ausencia de un momento
luminoso por la mañana) para que a la noche sea probable generarse uno, pero de
ser así su productividad será máxima y generosa. Las tardes quedan excluidas
absolutamente, nadie ha escrito una línea verdadera después de comer o antes de
cenar. No pienso dividir párrafos, cada momento luminoso debe desembocar
vertiginosamente sobre el papel. No hay tiempo que perder saltando de una línea a
otra; de ser necesaria una pausa semántica más prolongada que el punto añadiré
esto / y seguiré. La escritura debe ser veloz. El hilo mental del fragmento luminoso
no debe contener pausas. De existir, significará que el momento luminoso ha
terminado. El orden que busco no viene de una escritura detenida, meditada, sino
de la brutalidad de una posesión, una posesión de sí mismo / No habrá tema
específico, extensión o estilo. Tampoco corrección, aquel fragmento que no se
sostenga por sí en una segunda lectura, se desechará. El fragmento luminoso debe
valer por sí mismo pero su lectura en conjunto debe causar la sensación de unidad.
El cuaderno también debe ser un organismo heterogéneo que respire con los
mismos pulmones y palpite con un mismo corazón. Mi escritura se vuelve pausada.
El momento está a punto de finalizar. Todo ha quedado satisfactoriamente
expresado. El proyecto anda. Volveré mañana temprano o, con suerte, por la noche.
La escritura es una materia con densidad simbólica. Los signos que se suceden en
escrupuloso orden pueden urdir un signo mayor, tan vasto como el vacío. Es
gracias a este orden, que ahora mismo acontece, como la escritura nace. El placer
de vaciar signos donde antes sólo existía el inmenso signo del vacío. Me complace
admirar cada una de las palabras aparecer de la nada. Talladas por tantos sonidos,
mentes, bocas, manos, ojos, despojadas y maltrechas pero inevitablemente
presentes, sólo en apariencia perfectas, eternas, inmóviles. Sería necesario tener un
tercer ojo, fuera del tiempo, por encima de él, para apreciar la velocidad interna de
las palabras; observar la fugacidad de sus formas, el cambio de su voz, y así poder
escuchar la música lejana de la que apenas reconoceremos un vago motivo. La
escritura debe aprender a aferrarse a la nada, al vacío de la hoja en blanco/hoja de
papel/ hoja virtual/ hoja símbolo/ soldarse al tiempo y aguardar/ esperar nuevos
sonidos/ aprender otra melodía/ otras lenguas. Soldarse al tiempo e imitar los
mecanismos de la memoria. Combatir al vacío y al tiempo, al igual que al tedio.
Volatilizarse, desprenderse y recorrer un nuevo vacío, un nuevo trayecto esta vez
hacia los ojos del lector. Descomponerse, en frases, y asirse a los recuerdos más
insistentes, parasitarías primero, inoculadoras de vida después. Desestabilizar el
orden del pensamiento por un nuevo orden donde habitar, encontrar el camino a la
mano y vaciarse de nuevo, en el vacío de la escritura.
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