Me propongo llevar a cabo un cuaderno infinito. Un texto con características precisas que aspire a lo absoluto; lo inefable. El cuaderno estará compuesto por fragmentos escritos únicamente durante momentos luminosos. Pienso en la escritura como un artefacto cuasi divino, un ejercicio intelectual a la mano de los hombres pero cuyo mecanismo, o ejercicio, consiste en realidad en una serie de pequeños milagros, demasiado pequeños para reparar en ellos pero lo suficientemente grandes para provocar fervor. El primer desafío que me espera es también donde me juzgo más competente, consiste no sólo en distinguir los momentos luminosos del resto, sino en la habilidad de generarlos. A menudo, estos momentos ocurren durante las mañanas, el silencioso orden del día que comienza provee, también, de un orden interior que mueve el ánimo a la escritura. Las noches difícilmente proveen de momentos luminosos. Es necesaria una impecable combinación de acciones a lo largo del día ...